Manejo de la epilepsia canina

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Esta enfermedad supone un reto en la clínica diaria para auxiliares y veterinarios, ya que, por regla general, nos encontramos ante un propietario preocupado y asustado. Para comprender cómo debemos actuar con diligencia ante esta situación es necesario tener unos conocimientos básicos sobre la misma.

La epilepsia es una alteración encefálica caracterizada por ataques recurrentes que definiremos como manifestaciones clínicas de descargas neuronales excesivas y/o hipersincrónicas encefálicas, que pueden manifestarse como alteración o pérdida de consciencia episódica, fenómenos motores anormales, alteraciones psíquicas o sensoriales o signos del sistema nervioso autónomo (salivación, vómitos, micción o defecación). Estas crisis pueden ser generalizadas o parciales (afectan sólo a una zona focal del cerebro, por lo que producen signos motores o sensitivos asimétricos), siendo estas últimas mucho más difíciles de reconocer y diagnosticar, ya que en ocasiones pueden manifestarse únicamente como movimientos anómalos de la cabeza o extremidades anteriores.

Fases del ataque epiléptico

En un ataque podemos encontrar cuatro componentes:

  • Prodromo. Se define como el periodo previo al inicio de la actividad epiléptica. Algunos propietarios son capaces de prever la proximidad de una crisis debido al cambio en el comportamiento que muestra la mascota (buscar la proximidad del propietario, gemir, esconderse).
  • Aura. Manifestación inicial de una crisis (vómitos, micción y defecación). En ocasiones en medicina veterinaria, puede ser difícil de reconocer.
  • Periodo ictal. Se manifiesta por un tono o movimientos musculares involuntarios y/o sensaciones o comportamientos anormales. Puede tener una duración de unos pocos segundos a varios minutos.
  • Periodo posictal. Tras una crisis, los animales pueden mostrar comportamientos inusuales, como desorientación, actividad de micción o defecación inapropiada, sed y apetito aumentados o disminuidos, déficits neurológicos (debilidad, ceguera y alteraciones sensoriales y motoras).
Epilepsia canina

Figura 1. Perra en decúbito lateral durante un ataque.

Conocer estos componentes nos servirá para poder enfrentarnos a uno de los mayores retos de esta enfermedad: el diagnóstico (figura 1).

Diagnóstico

En primer lugar debemos realizar un buen diagnóstico diferencial que nos permita excluir enfermedades que se asemejen en su presentación a los ataques, como pueden ser:

  • Síncopes. En este caso, nos encontraremos ante un animal que se desploma de manera fulminante y se recupera de la misma forma; en este caso no se observan ni pródromos ni periodo posictal.
  • Alteración vestibular. En casos de lesión grave a este nivel podemos encontrarnos ante animales que ruedan sobre sí mismos. La diferencia, en este caso, la tendremos en un estado consciente del animal, y en la duración del proceso, que en el caso del síndrome vestibular es mucho mayor.
  • Narcolepsia. Con una presentación muy similar a la de un síncope, nos encontramos ante un animal que se desploma; pero en este caso, lo podemos despertar.
  • Ataques de dolor cólico. Durante años muchos perros con problemas a nivel gastrointestinal han sido diagnosticados y medicados como animales epilépticos, con los perjuicios que este tipo de medicación puede conllevar. En los ataques de dolor encontramos animales que adoptan posturas antiálgicas, crisis de una duración mucho mayor y, en la mayoría de los casos, el animal muestra un estado consciente (figura 2).
  • Una vez descartadas estas patologías, debe­mos comenzar el protocolo diagnóstico para determinar si existe una causa subyacente o nos encontramos ante una epilepsia idiopática o primaria, ya que el tratamiento será completamente distinto en un caso u otro.
Epilepsia canina

Figura 2. Perro en praying position, postura muy típica
en un ataque de dolor.

Causas

En cuanto a las causas que pueden producir estos ataques, las dividiremos en extra o intracraneales. Entre las extracraneales tenemos ciertos tipos de tóxicos, o trastornos metabólicos (encefalopatía hepática o renal, desequilibrio iónico e hipoglucemia); y entre las intracraneales, accidentes cerebrovasculares, encefalitis infecciosa o inflamatoria, traumatismos, tumores y anomalías del desarrollo (hidrocefalia, lisencefalia y displasia cortical). No debemos olvidarnos de la epilepsia idiopática, cuya prevalencia es del 0,5 al 2,3 %, y en la que se considera que pueden intervenir factores genéticos.

Historia clínica

Muchas de estas patologías pueden ser des­cartadas realizando una historia clínica lo más completa posible. Esta incluirá:

  • Reseña del animal. La raza o la edad influyen en la causa de esta enfermedad. Por ejemplo, razas como el Labrador Retriever están predispuestas a sufrir epilepsia idiopática; igualmente, será más frecuente encontrar neoplasias cerebrales en perros de edad avanzada.
  • Frecuencia. Es importante determinar la apa­rición de la primera crisis, y la pauta de frecuencia con la que se han presentado después.
  • Edad de aparición de la primera crisis. En animales cuyos ataques comienzan entre 1 y 5 años debemos tener muy presente la posibilidad de una epilepsia idiopática.
  • Duración. Los ataques epilépticos tienen una duración relativamente corta de segundos a minutos, lo que nos puede servir para diferenciarlos de otro tipo de enfermedades.
  • Exposición a fármacos o tóxicos. Muchos tipos de fármacos o productos químicos pueden desencadenar crisis que suelen tener una frecuencia muy elevada.
  • Historial previo. Debemos conocer el his­torial vacunal del animal, la existencia de enfermedades previas (como neoplasias) y los posibles traumatismos craneales previos (aunque se produjesen atrás en el tiempo).
  • Documento gráfico. Conseguir que el propietario acuda a consulta con una grabación del ataque puede aportarnos muchísima información de manera objetiva. En este sentido, las nuevas tecnologías han facilitado llegar a un diagnóstico correcto de las crisis.

Además de una historia completa debemos realizar un examen general (que incluirá auscultación, palpación, toma de temperatura, valoración de mucosas y pliegue cutáneo) y un examen neurológico para valorar posibles déficits, hipertermia u otras alteraciones. Por regla general, los animales con epilepsia idiopática suelen presentar una normalidad total en la exploración general y neurológica.

En función de todos los datos obtenidos en la historia previa y en la exploración, debemos realizar una lista de diagnósticos diferenciales, colocando las enfermedades de más a menos probables; y en función de esto, elegir una o varias de las siguientes pruebas diagnósticas hasta llegar a un diagnóstico.

Pruebas

Las pruebas que utilizaremos para llegar a un diagnóstico son:

  • Analítica sanguínea que incluya hemograma, un perfil bioquímico completo, electrolitos y ácidos biliares pre y pospandriales.
  • Analítica de orina que incluya sedimento para valorar la presencia de cristales, que nos pueden hacer sospechar de la existencia de un problema hepático.
  • Medición de la presión sanguínea. En algunas ocasiones podemos tener un cuadro convulsivo secundario a hipertensión.
  • Radiografía y/o ecografía de tórax y abdomen, si sospechamos de la existencia de neoplasias u otras enfermedades.
  • RM/TAC y LCR. En el caso de que no encontremos una causa probable, sobre todo en el caso de animales mayores de 7 años, debemos descartar problemas en el sistema nervioso.

Una vez que, gracias a este panel de pruebas, llegamos a un diagnóstico claro, tenemos dos opciones: tratar la enfermedad primaria, en el caso de que esta exista, o administrar un tratamiento específico para controlar los ataques epilépticos en el caso de tratarse de una epilepsia idiopática.

Tratamiento

Existen varias opciones de tratamiento:

Fenobarbital

Es un barbitúrico que actúa inhibiendo el receptor GABA, utilizado como terapia anticonvulsivante clásica, cuyos principales efectos adversos son sedación, ataxia, poliuria/polidipsia y polifagia y hepatotoxicidad. Debido a esto, sería adecuado monitorizar la funcionalidad hepática cada 3-6 meses durante el primer año y hacer una primera valoración de las dosis de fenobarbital en sangre a las tres semanas del comienzo del tratamiento, para comprobar que se encuentra dentro de rangos terapéuticos. Después realizaremos controles de seguimiento a los 45, 90, 180 y 360 días, y después de esto, los realizaremos cada seis meses. A pesar de los efectos adversos, sigue considerándose el fármaco de primera elección.

Bromuro potásico

Suele utilizarse en combinación con el fenobar­bital o como terapia opcional en animales con función hepática anormal. Es mejor tolerado que el fenobarbital, aunque también puede producir efectos secundarios como vómitos, sedación, ataxia, polifagia, poliuria, polidipsia, incoordinación y, en algunos casos, está relacionado con pancreatitis (a dosis muy altas).

  • Benzodiacepinas. Muy útiles en un primer momento para frenar las crisis y como terapia de rescate ante una crisis aislada durante el tratamiento con otros fármacos. Existen ene­mas comerciales para aplicar por vía rectal.
  • Fármacos de segunda elección (se utilizan en casos refractarios a la medicación común o cuando los efectos secundarios de esta son inaceptables):
  1. Gabapentina. Es más efectiva en crisis focales o generalizadas refractarias, y el mayor problema para su utilización es la posología, ya que hemos de administrarla 3 o 4 veces al día para que alcance niveles terapéuticos en el organismo. Esta pauta de administración hace que el cumplimiento por parte de los propietarios no sea el más adecuado y puede aparecer una recaída.
  2. Topiramato.
  3. Zonisamida. Los efectos adversos más importantes son sedación, ataxia e inapetencia.
  4. Imepitoína. Tras su salida al mercado en 2013 está demostrando buenos resultados.
  5. Levetiracetam.
  6. Pregabalina.

El auxiliar debe tener tiene un papel importante en el seguimiento. Ha de recordar a los propietarios que deben acudir a las revisiones periódicas para evaluar las dosis terapéuticas de sus medicaciones y comentar con el veterinario si hay cambios en la frecuencia de la aparición de las crisis.

¿Qué puede hacer el auxiliar?

Una vez adquiridos unos conocimientos básicos sobre la epilepsia, debemos plantearnos algunos aspectos prácticos sobre la actuación del auxiliar en estos casos.

En primer lugar, debemos ser capaces de tranquilizar a los propietarios, ya que las manifestaciones clínicas epilépticas suelen causar mucha inquietud.

Las situaciones más frecuentes que podemos encontrar son las siguientes:

  • Llamada telefónica de un propietario cuyo perro está convulsionando. En este caso debemos decirle que mantenga la calma y que se aleje de las fauces del animal, explicándole que su perro no es consciente de sus acciones (es muy típico que los dueños sean mordidos por intentar sujetar la lengua del perro); deben acudir lo antes posible al centro con el animal.
  • El propietario acude con su perro a la consulta porque ha presentado un ataque. En este caso, sería interesante realizar una primera anamnesis, pidiéndole que nos cuente cómo ha ocurrido todo. Esto tiene dos finalidades: por un lado cubrimos la necesidad que tienen de contar lo sucedido; y por el otro podemos obtener datos que quizá no expliquen después en la consulta.
  • El propietario acude con su perro convulsionando. Lo primero que hay que hacer es llevar al animal a una sala donde el veterinario pueda tratarlo y avisarle rápidamente. Es importante tener preparado un enema de diacepam y material para poder canalizar una vía.

En resumen, la epilepsia supone un proceso complicado que necesita que tanto auxiliares como veterinarios colaboremos estrechamente con el propietario para conseguir una calidad de vida adecuada en el núcleo familiar.

Extraído de: Sonia Martínez Cabezas, Epilepsia canina, Ateuves nº 57, pág. 24-27.

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